9 jul. 2018

La historia negra de Diogo Alves, el asesino en serie que acabó con su cabeza envasada en formol


Durante años, en los ojos de Diogo Alves se reflejaron todas las expresiones del miedo. Las que se dibujaban en la mirada agónica de sus víctimas cuando las asaltaba en Lisboa, o en sus muecas crispadas y sorprendidas mientras se abalanzaba sobre ellas los oscuros recovecos del acueducto de Aguas Libres. Miedo era lo que veía Alves cuando blandía su cachiporra sobre sus cráneos. O en el confuso balbuceo con el que intentaban pedirle clemencia antes de que las arrojara desde lo alto del acueducto al valle de Alcántara.
Imágenes como aquellas se plasmaron en la retina de Alves decenas de veces entre 1836 y 1840. Casi dos siglos después sus ojos siguen abiertos, pero reflejan otra cosa. Desde 1841 a sus pupilas se asoman doctores y estudiantes de medicina. Solo muy de tarde en tarde lo hacen otros rostros, cuando el frasco repleto de formol en el que flota su cráneo sale de la Facultad de la Medicina de la Universidad de Lisboa (donde lo custodian) rumbo a algún museo luso.

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