7 jul. 2018

El crimen de la plancha



Lo cierto es que era de cuerpo robusto y fornido, de brazos fuertes y manos grandes. Pero tal vez era su vena canalla la que le dotaba de un poderoso gancho sexual, porque Manuel Pastor la quiso a su servicio nada más verla.

Cecilia, casada y con un hijo, a primeros de año había abandonado a su marido enfermo para ganarse la vida: siempre que podía, sirviendo, y muy a menudo en el oficio más antiguo del mundo. El solterón Pastor le propone irse con él a Madrid para que sirva en su casa, cosa que consigue. Estamos a primeros de abril. También se llevaría a la cocinera Rosario, para dar apariencia de honorabilidad al hogar.

Los gustos extraños del señor o, como más cierto, el hecho de haber percibido éste recientemente 11.000 pesetas y 4.000 francos franceses, desataron virulentas pasiones en aquel extraño hogar. El sábado 21 fue despedida Rosario, que abandonó la vivienda con tanta precipitación que tuvo que alojarse en el domicilio de la portera para pasar la noche. El señor pretextó que las rentas le fallaban. Cecilia había confiado a Rosario que si su novio –que vivía en Pasajes– la mataría supiera la clase de vida que llevaba en Madrid.

La tragedia se desencadenó en la madrugada del sábado al domingo. Según la versión de Cecilia, ella se acostó en su cuarto como cada noche y durmió hasta las seis de la mañana, hora en la que sonó la campanilla de llamada. Pastor dormía en su alcoba, la inmediata al gabinete que tiene un balcón –el primero de la casa sobre la calle Fuencarral.

Fue a ver qué quería y Pastor, que dormía vestido como todas las noches, le pidió agua caliente. Cuando se disponía a hacerlo el señor intentó forzarla; como no opuso resistencia, aquél la agredió con uno de sus botines y con un estoque. Entonces ella le arrojó una de las dos planchas que había en la casa; no la que estaba en la cocina colgada de una alcayata, sino la que se hallaba en la mesa que había en el gabinete contiguo a la alcoba. Le alcanzó en la sien y lo dejó en el sitio.

Sin embargo, la verdad debió de ser otra muy distinta. No hubo lucha ni forcejeo. El cadáver presentaba señales de estrangulamiento y fractura del hueso hioides. Seguramente, mientras la víctima estaba entregada al sueño Cecilia, premeditada y fríamente, le propinó varios golpes con la plancha en la cabeza. El arma, con el mango vencido y doblado hacia atrás, quedó abandonada bajo una cama con piel y cabellos adheridos.
 Posteriormente Cecilia trató de limpiar la abundante sangre derramada con trapos y un cubo de cinc. El delantal que llevaba puesto quedó completamente manchado, así como la falda. Una vez que se cambió de ropas y se hizo con el dinero del muerto se fue a su cuarto, donde comió unas galletas. Asimismo, según confesó, hizo lo que sigue: "Escribí una carta a mi novio en la que incluía un billete de cien pesetas de los que contenía la petaca del señor Pastor y un mechón de cabellos de ‘cierto sitio’, sin decirle nada de lo que había hecho".

Si, como las pruebas de la autopsia indican, el crimen se cometió de esta segunda manera, no hay por qué dudar de que Cecilia es una criminal de sentimientos duros, que no pestañea cuando le presentan el arma del crimen; permanece inmutable, sin un solo momento de miedo o de ternura. Según una definición de la época, esto casa con "un ser bajo y vulgar, agitado por la codicia e impulsado por el ansia del dinero".

Después de cometer el crimen Cecilia realizó varias salidas y entradas de la casa. En la primera, a las diez de la mañana, llevaba en la mano dos cartas: una, del señor Pastor a su futura esposa, precisamente la sobrina de la dueña de la pensión de Irún; la otra, de ella a su novio, con "frases de amor violento y prendas de ese amor más allá de todo lo referible". Una de las veces fue a comprarse ropa. Entonces advirtió que se había dejado dentro el llavín, lo que precipitó su fuga.

Tomó un carruaje a la estación del Mediodía (Atocha), donde pensaba hacer tiempo hasta la salida del Expreso para Barcelona. Una vez sentada en la cantina recordó de repente la amenaza que representaba para ella el que todos los días fuera a la casa el repartidor de agua de sets. Así que decidió dejar allí las dos cajas de cartón que llevaba –una grande y otra mediana– y dirigirse a la fábrica, para decir que no sirvieran más agua hasta nuevo aviso porque el señor Pastor había marchado de viaje al norte. Hecho esto, intentó volver a pie a la estación, pero se extravió y no tuvo más remedio que tomar otro carruaje. Cecilia llevaba poco tiempo en Madrid, y apenas conocía la capital.

De todas formas, llegó a tiempo para coger el tren a Barcelona. Retiró las cajas del restaurante de la estación y, vestida como una dama con las ropas que había comprado, ocupó un vagón de primera, junto con dos señoras y un caballero que se quedaron en Zaragoza.

Cuando llegó a la Ciudad Condal los periódicos ya se ocupaban profusamente de su fuga. Allí se encontró con dos "ganchos de fonda", Garreta e Iglesias, y la escapada se complicaría. Primero se convirtió en una juerga caracterizada por el derroche, con compra de alhajas y fiestas; después, en una pesadilla para ella, ya que los dos estafadores habían descubierto quién era.

Le sacaron los cuartos convenciéndola de que Puigcerdà era puerto de mar y enviándola a dicha población para que tomara un barco. Allí fue apresada por la policía; los dos aprovechados fueron localizados posteriormente en El Habré, cuando trataban de embarcarse para Nueva York.

Cuando la policía entró en el piso –una vez huida Cecilia– encontró, además del cuerpo del asesinado que presentaba doce heridas en el cráneo–, una exquisita colección de pipas y nueve o diez libras de chocolate partido en pedazos de dos onzas, cada uno envuelto en un papelito. Todo esto formaba parte de las extravagancias y rarezas de Pastor, por la que su familia le abandonó 18 años antes.

La autopsia reveló que en la parte superior del cerebro, en la cisura de Rolando, el cadáver tenía una placa de degeneración de un centímetro. Así que podría diagnosticarse que Pastor era un perturbado mental.

Cecilia le robó 11.600 pesetas y 4.000 francos franceses. Juzgada el 9 de febrero de 1903, resultó condenada a muerte en el garrote, pero fue indultada.

Tuvo un extraño final: se fugó de la prisión de Alcalá de Henares, pero fue capturada al día siguiente. Fue una reclusa ejemplar hasta 1937, año en que, en la zona republicana, se abrieron las cárceles a los presos.

La cocinera, Rosario, declaró durante el proceso que Cecilia se pasaba todo el día y toda la noche en el gabinete del señor. Pero lo más terrorífico fue cuando afirmó que la víctima le había dicho varias veces que tenía el presentimiento de que habría de morir asesinado, y que para evitarlo prefería tener sirvientas de provincias...

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