22 jun. 2018

La dama blanca de castillo del Buen Amor


castillo del buen amor

Nos situamos en las afueras de la localidad de Villanueva de Cañedo, al norte de la provincia de Salamanca, en un lugar cerca de la carretera que une dicha provincia con la de Zamora. Justo ahí se levanta el Castillo del Buen Amor. Una imponente fortaleza que a pesar de sufrir continuas modificaciones en su fachada original ha logrado conservar hasta nuestros días la grandeza que mostraba en sus inicios. ¿Y a que se debe el artículo sobre este monumento histórico? A que actualmente el Castillo del Buen Amor es lo que se podría denominar como fortaleza encantada, o por lo menos es lo que aseguran cientos de testimonios recogidos hasta el día de hoy.
No se conoce muy bien el origen principal del asentamiento, pero al parecer el castillo se construyó por orden de Juan II de Castilla sobre los cimientos de una fortaleza del siglo XI. A lo largo de su historia ha pasado por numerosas manos. Primero fue cedido a los Reyes Católicos junto a las tierras del lugar, posteriormente fue entregado al mariscal de Castilla Alfonso de Valencia y Bracamonte, y finalmente o por lo menos hasta el momento que nos interesa) llegó a manos de Don Alonso de Fonseca arzobispo español.
En la actualidad el castillo es un hermoso hotel histórico, en el que sus huéspedes pueden disfrutar de un excelente alojamiento medieval. Pero desde el momento en el que se inauguró este hotel, los visitantes cuentan con otro tipo de atracción poco convencional. Y es que al parecer el lugar está encantado, o por lo menos es lo que cuentan tanto trabajadores como turistas. Llamadas telefónicas a altas horas de la noche y desde habitaciones completamente vacías, respiraciones entrecortadas, ruidos en las paredes, golpes que se repiten una y otra vez sin fuente aparente de ruido. Estas son algunas de los ejemplos que tanto personal del hotel como clientes han narrado durante el tiempo que el establecimiento histórico lleva abierto al público.
Para comprender estos episodios y las supuestas apariciones de una Dama Blanca que pasea fantasmagóricamente por la zona del bar del hotel quizá deberíamos conocer un aspecto destacable de la historia del castillo. Al parecer tras los muros de esta fortaleza se forjó el amor prohibido entre Alonso de Fonseca y María de Ulloa, quizá este sea el motivo por el que el espectro de la dama vaga errante por la noche intentando revivir los momentos gloriosos de su pasión.
Creamos o no en la leyenda de la Dama Blanca del Castillo del Buen Amor, lo cierto es que han sido numerosos los parapsicólogos que dicen haber conseguido extrañas psicofonías e imágenes bastante escalofriantes, con alguna cara oculta, de determinadas estancias de la fortaleza. Sin duda alguna un lugar ideal para pasar un fin de semana de miedo.

La maldicionde la tumba deShaKespeare

Epitafio sobre tumba de Shakespearela advertencia que en su lápida escrita protege sus restos mortales hasta de la más leve de las miradas.Buen amigo, por Jesús, abstente
de cavar el polvo aquí encerrado.
Bendito sea el hombre que respete estas piedras
y maldito el que remueva mis huesos
Cuatro siglos después aún nadie ha osado atreverse a desafiar estas palabras dictadas, se cree, por el propio Shakespeare. Según cuenta el profesor Philip Shwyzer, historiador y arqueólogo de la Universidad de Exeter, el genial autor sentía horror ante la idea de ser exhumado, de que sus restos fueron movidos por cualquier motivo, y con esta sutil pero directa amenaza pretendía eliminar de un plumazo cualquier intento de profanar su tumba. Hay quien cree que, habida cuenta lo creativo que fue este famoso autor para acabar con muchos de los protagonistas de sus obras, es recomendable no ponerle a prueba por si acaso.
De todas formas, cada cierto tiempo surgen nuevas propuestas que hablan de exhumar lo que quede de su cuerpo para investigar las causas de su muerte. También para comprobar si es cierta o no la leyenda de que con su cuerpo se enterraron sus manuscritos, incluso los de las obras sin terminar que escribió en sus últimos años. Demasiada tentación. Tarde o temprano descubriremos si la maldición sigue viva o no, es sólo cuestión de tiempo.
William Shakespeare está enterrado en la Holy Trinity Church, en la misma iglesia en donde fue bautizado 52 años antes, de Stratford-upon-Avon, su pueblo de nacimiento. Si bien hace unos años la lápida recibió algunos retoques en su superficie, el interior de la tumba aún hoy permanece intacta a pesar de las obras de acondicionamiento y mejora ha sufrido la iglesia en sí durante todos estos 400 años. La famosa lápida está situada en el presbiterio y forma parte de la ruta de quienes visitan la ciudad para conocer por donde creció, anduvo y consumió sus últimos días uno de los autores literarios más famosos de todos los tiempos.
Actualización 30/03/2016: Según un equipo de arqueólogos es probable que el cráneo de William Shakespeare fuera robada hace ya mucho tiempo de su tumba. Este dato ha surgido como resultado del escaneo con radar de la tumba del genio inglés, escaneo llevado a cabo para un documental sobre su vida.

El arbol maldito de Casandra





Era Casandra una jovencita canaria adolescente de unos 15 años perdidamente enamorada de Iván, un chico de su misma edad. Todos conocían su idílica relación, aquella íntima amistad que los llevaba a compartir interminables momentos bajo un frondoso árbol. Pero no era tiempos buenos para relaciones adolescentes; la prudencia debía invitar a la calma; la calma a la astucia y la astucia a la paciencia para descubrir los momentos propicios para encuentros furtivos. Sin embargo, el primer amor siempre es descuidado, y los descuidos son buenos compañeros de las envidias ajenas, los prejuicios y las venganzas.
Nadie en su localidad veía la relación con buenos ojos. La tachaban de insana, de antinatural y pronto, su familia se vio señalada. Aturdido y no menos enojado, el padre de Casandra decidió acabar drásticamente con aquella situación pues tal deshonor familiar exigía la muerte del amado. Así, Iván abandonó este mundo a manos del padre de Casandra.
Desolada y al mismo tiempo resentida contra su padre, Casandra decidió vengarse de su padre pactando con el Diablo, pero una vez más el descuido la condenó. Sus deseos de venganza fueron descubiertos y ante, tal pacto con Lucifer, Casandra fue acusada de bruja y quemada bajo el mismo árbol que fue testigo del amor de ambos jóvenes.
Dicen los del lugar que aún hoy día, de cuando en cuando, se escuchan los gritos de una joven y que junto al árbol es posible escuchar cadenas arrastrándose sujetando el alma en pena de Casandra que aún vaga por aquel lugar.
Versión alternativa de la historia de Casandra y el árbol maldito
Hay no obstante una segunda versión de esta leyenda de Casandra que, si bien acaba con los mismos resultados, presenta unos hechos muy diferentes.
Dices estas otras lenguas que, fruto de aquella relación entre Casandra e Iván, nacieron dos mellizos. Pero quizás producto de una crisis emocional tras el parto o quizás de las propias inseguridades de la chica, Casandra comenzó a dudar del amor de Iván cuando ésta envejeciera y perdiera su belleza. Decidió entonces invocar al Diablo para pedirle belleza eterna, pero éste, sibilino como siempre, solo le concedió el deseo a cambio de la vida de sus dos mellizos.
Casandra no lo dudó un instante y marchó hacia el árbol testigo de su amor con los dos niños en brazos. Mas cuando se disponía a darles muerte apareció Iván. Enloquecido, el amante de Casandra y padre de aquellas dos criaturas se abalanzó sobre la chica, la ató al árbol y allí mismo la quemó. Los niños se salvaron pero el alma de Casandra quedó para siempre atado a aquel árbol, gritando eternamente por el dolor de sus quemaduras y, sobre todo, por la pena de haber intentado matar a sus propios hijos.
En aquel árbol, el árbol de Casandra que se levanta majestuoso en el centro de la isla de Gran Canaria, en la zona de la Presa de las Niñas, aún aparece a veces un corazón tallado en su corteza con los nombres de Casandra e Iván inscritos en él.
Pero no todos son capaces de verlo…

La leyenda de la casa de los espejos en Cadiz



Fantasma en el espejo
Las leyendas urbanas son así, la mayoría de las veces piensas es imposible esto no es más que un cuento para supersticiosos. Pero lo cierto es que tras cada leyenda urbana, a pesar de las exageraciones, existe algo basado en hechos reales. Es precisamente esa base real la que nos hace estremecer, la que nos hace pensar y cuestionarnos sobre que aspectos de la leyenda serán verdad y cuales serán las deformaciones propias del boca a boca.
Hoy hablaremos de una de esas leyendas urbanas. Una leyenda que a pesar de estar ubicada en Cádiz, bien podría haber sucedido en cualquier otro lugar del mundo. No obstante, según cuentan, la verdadera ubicación de la casa de los espejos es precisamente la zona costera de esta ciudad, en la Alameda Apocada, junto al monumento del Marqués de Comillas.
En este lugar existe un caserón, que a pesar de las posteriores reformas y rehabilitación como viviendas de lujo, pasó mucho tiempo abandonado. Este edificio, aunque bello por fuera, escondía y esconde una historia trágica que baña sus paredes y cristales de sangre.
Según la leyenda, en esta casa vivía hace mucho tiempo un reconocido almirante y su esposa junto a su hija pequeña. El almirante sentía auténtica devoción por su hija, a la que mimaba y consentía con todos los caprichos que esta le demandaba.
A cada uno de sus regresos, el almirante sorprendía a la pequeña con un espejo de cada uno de los lugares en los que había estado. Esos espejos fueron llenando durante años la casa de la familia. Aumentando cada vez más su número, al mismo tiempo que la belleza de la joven que poco a poco iba floreciendo.
Orgulloso de su ya adolescente hija, el almirante no dudaba en presumir de su belleza delante de todos sus amigos, algo que parece ser a la madre de la misma no gustaba demasiado. Y es que esta mujer había comenzado a sentir el implacable peso de los celos. Una angustia vital que aumentaba con el paso de los años relegándola a un segundo plano mientras su hija seguía ganándose el corazón de su esposo.
A raíz de esa envidia la madre y la hija comenzaron a tener discusiones casi diarias. La casa, durante las ausencias del padre, se convertía en un auténtico campo de batalla en la que ambas se lanzaban gritos y reproches sin parar. La situación se había vuelto completamente insostenible, y los celos de la esposa del almirante llegaron a un punto límite, decidió envenenar a su hija.
Al regreso del padre, la versión oficial fue que la niña había muerto de una rara enfermedad. Algo que al parecer creyó. Lo cierto es que la mujer la había estado envenenando poco a poco en cada una de las comidas, algo que le causó una muerte lenta y angustiosa.
El dolor del pobre hombre no tenía fin, lloraba por las esquinas, por las habitaciones de su hija. Miraba día tras días los espejos que él mismo había regalado a su pequeña. Espejos que un día reflejaron su belleza y que ahora sólo mostraban un rostro lleno de angustia y desesperación.
Uno de esos días en los que el almirante estaba sollozando en el cuarto de su hija uno de los espejos comenzó a reflejar algo extraño. Al fijarse bien se dio cuenta de que su hija estaba dentro, o más bien la imagen fantasmagórica de esta, y parecía querer darle un mensaje. La niña contó a su padre lo que había pasado, quien había sido realmente su verdugo. Y el padre entró en cólera ante la noticia.
La leyenda cuenta que el almirante obligó a su esposa a confesar el crimen que había cometido. Algo que hizo que la mujer terminara el resto de sus días entre rejas. No obstante, el dolor del padre no pareció conocer fin, así que cansado de los viejos recuerdos del caserón decidió partir a un lugar lejano para poder olvidar.
Durante el tiempo que la casa permaneció vacía, los testimonios de jóvenes que habían entrado merodeando y habían visto la imagen de la niña reflejada en espejos son cientos. Historias contadas supuestamente en primera persona, que narraban como la muchacha aparecía con un semblante lleno de ira y como los chicos salían automáticamente corriendo de la casa, ninguno de ellos se atrevía a entrar por segunda vez.
A pesar de que en la actualidad el lugar ha cambiado de dueños y ha sido aprovechado para construir casas de lujo, lo cierto es que muchos aseguran que el espíritu de la niña sigue encerrado en el edificio. Algo que seguramente nunca sabremos a ciencia cierta si no experimentamos una noche dentro de este, eso sí, quizá sin los cientos de espejos que antiguamente cubrían sus paredes no sea ni la mitad de tétrico… ¿o sí?

20 jun. 2018

El Alfaquí



La convivencia de “tres culturas” en Toledo no fue tan fácil como algunos intentan hacernos ver… Como en otras ocasiones hemos narrado en estas mismas páginas, las leyendas son el reflejo de las tensiones entre los pueblos que poblaban la ciudad y no siempre de forma negativa, como observamos en “El Alfaquí” de Toledo.La noche de los tiempos cubre con su manto las crónicas que los historiadores mantienen sobre Toledo. El tiempo todo lo intenta ocultar, o trastocar, o interpretar a la manera que los hombres, siglo tras siglo, lo transmiten.Es tradición en Toledo que hacia 1086, cuando Alfonso VI penetró los muros toledanos, tras sitio de la ciudad y posterior acuerdo con los regentes musulmanes que dominaban estas tierras, permitió que el culto de éstos permaneciera en la ciudad, con el respeto firmado por ambos a la “mezquita aljama”, anteriormente recinto cristiano levantado por los Visigodos y modificado por los invasores musulmanes como su recinto sagrado más importante en Toledo y futura catedral toledana. Una noche en la que el monarca se encontraba fuera de la ciudad, cuenta la leyenda que la Reina Constanza y el arzobispo Bernardo, ignorando la voluntad soberana violentaron el templo árabe llevando a numerosos partidarios a derribar las puertas del templo y colocar una campana en su alminar, así como un altar, dando así por sagrado para el culto cristiano el templo que hasta ese momento servía como mezquita mayor de Toledo.Ante la burla del poder real, Alfonso VI lo tuvo en gran agravio, condenando a muerte a numerosos participantes en la tropelía, si bien su ira fue calmada, según las crónicas, por los propios musulmanes, a cuya cabeza figuraba uno de los principales caudillos, el alfaquí Abu-Walid, que solicitó el perdón real para todos los asaltantes y aceptó la consagración cristiana de la mezquita.Este hecho, que no figura realmente en ninguna crónica que lo haga verídico, y que se ha transmitido como leyenda verbal durante siglos hasta llegar a nosotros, es complejo que se produjera. Cierto es que en la época de la “reconquista” de Toledo subsistieran numerosos musulmanes que permanecerían en la ciudad como mudéjares, respetando muy posiblemente el culto que éstos profesaban. Ya en los “Anales toledanos primeros”, hacia el 1159, se narra cómo los cristianos se apoderaron de la iglesia de San Salvador, que “era de moros”. Pero también es cierto que, dados los tiempos que corrían, es muy posible que Alfonso VI, una vez conquistado Toledo, bien por la fuerza o por la capitulación, tendiera a recuperar de forma inmediata la que conocían por la tradición había sido la iglesia mayor de sus antepasados visigóticos.Sobre esta consagración forzosa de la mezquita mayor toledana, que narra la leyenda, en la catedral toledana, en su capilla mayor (poste central del lado de la Epístola) se puede observar una supuesta imagen de Abu-Walid, una talla de la efigie de este personaje, como recuerdo y gratitud hacia este hecho narrado. Aunque algunos no ven más que la imagen de un sacerdote de aspecto musulmán“Alfaquí”  “Doctor o sabio de la ley entre los musulmanes”Imagen: estatua ecuestre dedicada a Alfonso VI en una de las principales entradas a la ciudad, con mayor o menor fortuna, según el punto de vista del que la mire…

La leyenda de la Venta del Alma


Un día, sin embargo, Laura se levantó más tarde que de ordinario; apenas quiso probar nada del modesto almuerzo y ni una sola canción se le oyó durante toda la mañana; cuando después de la comida su padre le hizo notar su distracción en que parecía sumida, ella hizo un esfuerzo para sonreírse, colgó sus manos de los hombros de Gaspar alzándose de puntillas para besarle en la boca y echó a correr hacia su cuarto dejando escapar sus primeras lágrimas a duras penas contenidas.
Aquella noche, cualquiera que a las doce hubiera pasado por el camino, habría visto en la más alta ventana de la casa, medio oculta tras la multitud de flores que sobre el alféizar se apoyan, una blanca figura con la mirada fija en el horizonte y las blancas manos cruzadas y caídas sobre su falda: era Laura que comenzaba a comprender demasiado tarde la amargura de la vida y sufría las consecuencias de su buena fe; era Laura, de cuyos párpados había huido el sueño, ese sueño tranquilo de la inocencia, tal vez para siempre.
Cuando las primeras luces del alba arrancaron a las montañas la negra túnica con que durante la noche se habían envuelto, la muchacha secó sus mejillas y asomando otra vez la sonrisa a sus labios preparase a ofrecer el vaso de vino a sus parroquianos. Al separarse de la ventana las flores plegaron sus pétalos entristecidos; aquella noche había sido la primera noche que su dueña se olvidó de regarlas.
Pasó algún tiempo y la murmuración fue haciendo presa en la familia de la venta. Cuando los caminantes desataban las bestias de las anillas de la tapia y seguían en su ruta solían oírse diálogos como estos: ¿Qué te parece, Jaime? ¿será verdad lo que dicen?
Hombre yo no sé, pero a Laura la pasa algo. ¡Eso es indudable! Ella ha ido perdiendo poco a poco el color de sus mejillas, ya no se la oye nunca cantar y cuando la decimos lo que todos los hombres dicen a las muchachas buenas y bonitas calle y se sonríe, de un modo que parte el corazón al mirarla.
 Podrá ser verdad que su padre se haya empeñado en casarla con ese viejo judío que presta dinero a los nobles, pero Gaspar es rico y quiere demasiado a su hija para venderla de ese modo; yo creo que es otra cosa lo que la muchacha tiene. ¿Qué crees, que está enamorada?
 Eso, pero no enamorada como Dios manda, porque entonces estaría contenta y alegre, en vez de estar triste y pesarosa… ¿Tú no te acuerdas de un muchacho, alto, sin pelo en la cara, que hace dos o tres meses venía todas las tardes al ponerse el sol a la venta, y que pasaba como criado de los condes de Gama? Yo no sé por qué, pero nunca he creído que lo fuese; siempre que le observaba veía, a través del tosco paño que le cubría, algo que él tenía interés en ocultar; a mí me ha parecido siempre que Martín, como él se llamaba, no era el hijo del pueblo criado en la calle, pobre de saber y de fortuna, si no el hijo del noble, educado en los salones, y corrompido y viciado, como casi todos los de su clase; y es más, para mí ese Martín no sólo llegó a interesar a Laura sino que después de conseguir su deseo se ha burlado de ella, riéndose de sus lágrimas. Y no creas que es el despecho por sus desprecios el que me hace hablar así, no. Una tarde, yo estaba arreglando un poco el aparejo de esta mula; Martín, sentado en el poyo de la venta golpeaba, como aburrido, con las uñas de su mano la tripa del jarro que con la izquierda sustentaba, y Laura, de pie, apoyada contra el marco de la puerta, miraba distraída las azuladas venas de su mano; de vez en cuando, él cesaba de golpear, alzaban ambos la cabeza y se encontraban sus ojos; una de esas veces, yo también alcé la mía, y por entre las dos orejas de la mula, vi lo que nunca he podido apartar de mi imaginación; ella estaba mirándole, pero no con esa mirada tranquila que todos conocemos; tenían sus ojos esa expresión que yo sentí el amor y los celos al mismo tiempo; sus labios se movieron como si articulasen una súplica, sin que llegase la voz a mi oído, y entonces Martín, murmuró algo que yo no pude entender, pero que dejaba adivinar el desdén y el hastío. Cuando le vi dirigirse hacia el interior del corral, cantando, mientras ella volvía a inclinar la cabeza hacia el suelo conteniendo una lágrima, créeme Jaime, le hubiera despedazado entre mis manos. Desde ese día, ni Martín ha vuelto a aquella casa, ni el color a las mejillas de Laura, pero en cambio, ella está ojerosa y triste, y en la venta ni a los pájaros se les oye cantar.
 ¡Pobre muchacha!
Ambos callaron, y arreando a las caballerías continuaron silenciosos su camino. Qué había sucedido mientras tanto en la familia de la venta? Lo que el amigo de Jamie había sospechado en verdad.
Laura, fiada en la promesa de Martín; había esperado en vano su vuelta; pero los meses iban sucediéndose unos a otros y las consecuencias de su falta comenzaban a hacerse visibles. Iba a llegar un día en que fuera posible ocultar por más tiempo su estado y Laura sabía que entonces su anciano padre moriría de vergüenza. ¡Cuán amargos pasaron aquellos días para ella!
Una mañana, cansada de luchar y decidida a todo, llamó al mozo de la venta; él era el único que conocía aquellos amores: criado desde niño en aquella casa, era para Laura como hermano. Antón fue a la ciudad y pasó en ella casi todo el resto del día. Cuando al caer la tarde volvía a la casa, Laura, que le esperaba en la puerta, se adelantó a recibirle: ¿Qué has averiguado? –le dijo:
No lo quieras saber, Laura.
 Martín te ha engañado miserablemente. Ni es servidor de los condes de Gama, ni ha permanecido en Toledo más tiempo que el necesario para perderte: hijo de una de las más nobles familias de Valladolid, hace dos años partió a su patria y desde entonces no ha vuelto a saberse de él. ¿Quieres creerme? Cuéntale a tu padre tu desgracia; te ama demasiado para no perdonarte; mientras tanto y oiré a buscarle y ¡ay de él! Si se niega a cumplirte en promesa.
Laura inclinó la cabeza y guardó silencio.
Se ignora si la hija del ventero, siguiendo el consejo de Antón, contó a su padre la historia de sus tristes amores; sólo se sabe que cuando a la mañana siguiente, asustados por su tardanza, llamaron a su cuarto, estaba muerta.
Aquél mismo día, cuando el cadáver de Laura salió al camino entre una multitud que lloraba su muerte, las puertas de la venta se cerraron para siempre. El ventero, triste y cabizbajo siguió al fúnebre cortejo de su hija, sin que desde entonces haya vuelto a aparecer por aquél sitio.
Algunos días después, el ermitaño de la Virgen de la Cabeza, concluida la fiesta de Polán, volvía a su casa contento y legre: como la noche estaba hermosa y la luna iluminaba espléndidamente la tierra, había aprovechado aquellas horas para tornar a su ermita, y ya estaba cerca de ella cuando al llegar al sitio en donde arrancaba el camino que conduce a la Virgen del Valle no pudo menos que detenerse asombrado; en el silencio de la noche le había parecido oír una voz que desde la venta entonaba un cantar; él sabía que aquella casa estaba desierta y por eso no dejó de extrañarle; adelantase algunos pasos, puso la mano en su oído para recoger mejor los sonidos y prestó atención: el cantar volvió a repetirse, pero el ermitaño sólo pudo oír de él los dos últimos versos que decían:
Él me prometió venir
Y cumplirá su promesa.
No cabía duda, aquella voz era la de Laura, él la había oído tantas veces que no podía confundirla con ninguna otra. Cuando la última palabra de la canción se perdió en el espacio, el buen hombre sintió correr un sudor frío por todo su cuerpo, sus piernas comenzaron a temblar y casi estuvo a punto de caer al suelo desfallecido; sin embargo, hizo un esfuerzo, venció algo el miedo que le dominaba y se adelantó algunos pasos más; la luna iluminaba la fachada de la venta; a su puerta, sentada en la orilla del banco de piedra que corría a uno de los lados de la casa, apoyado su cuerpo sobre el brazo, la cabeza hacia atrás y sus hundidas pupilas fijas en el espacio, había una mujer; no bien el ermitaño la distinguió exhaló un grito y echó a correr en dirección contraria a la que hasta entonces había seguido, hasta que desfalleció y horrorizado dio con su cuerpo en mitad del camino.
Desde entonces nadie se atrevía a cruzar por aquellos alrededores mientras la noche envolvía con las sombras la ciudad, y aun los que durante el día pasaban por la venta, supersticiosos todos, se santiguaban al llegar a su puerta, sin tener valor aún de volver hacia ella la cabeza.
La Venta del Alma, como siguió llamándose desde aquél día, fue durante mucho tiempo el terror de la comarca.

Pasó un año; ya la gente comenzaba a olvidar a Laura, cuando una noche los dueños de la otra venta que a alguna distancia de la del Alma se había levantado, sintieron el galopar de un caballo por el camino: lo avanzado de la hora y el temor que al alma de Laura tenían los toledanos, hizo que se asomasen a la ventana alarmados; pero cuando lo hicieron, cabello y caballero se perdían en uno de los recodos de la carretera.
Las puertas de la ciudad estaban cerradas; por allí cerca no había ninguna casa a donde pudiera ir; sin embargo, el caballero no volvió durante largo rato que estuvieron esperando y los venteros tuvieron que meterse otra vez preocupados en la cama.
A la mañana siguiente la población se levantó horrorizada; a la puerta de la Venta del Alma había un cadáver. Los que antes le habían visto no pudieron menos de reconocerle; era Martín. Ni una sola herida tenía en todo su cuerpo, ni había señales de estrangulación en su garganta; los hombres de ciencia declararon que había muerto de no sé qué cosa que ellos sólo, indudablemente, entenderían; pero lo más extraño era que, según la misma declaración, la muerte de Martín había sido producida dos o tres días antes de encontrarse el cadáver.
¿Quién le dejó allí? Nunca ha podido averiguarse.
Unos decían que Gaspar había vengado de ese modo la deshonra de su hija; otros, tal vez más acertados, suponían que Antón había llevado a cabo su ofrecimiento a Laura: lo único que había de cierto era el cadáver a la puerta de la venta y que el alma de Laura no volvió desde entonces a aparecer por sus alrededores.
Martín prometió volver y cumplió su promesa.





María de Orozco, “La Malograda”




La época en la que vivió doña María de Orozco «la Malograda» hacia la segunda mitad del siglo XIV está determinada en unos años convulsos y de crisis profundas en asuntos económicos, demográficos y sociales tanto en el aspecto feudal como en el religioso. En el plano económico, la producción no alimentaba a una población que crecía considerablemente y la mala alimentación debido a las pésimas cosechas, hacía que enfermedades como la «Peste Negra» y otras, proliferaran sin control y por otra parte esta crisis económica creó conflictos sociales tanto en el campo como en la ciudad debido al levantamiento de los campesinos contra los señores feudales o de los obreros contra sus patronos en pueblos y ciudades. También en el ámbito político los reyes no lograban recuperar el poder que en otras épocas tuvieron y esto originó no pocas luchas con la nobleza en los distintos países europeos, asunto este que también lo podríamos aplicar al terreno religioso. Pues bien, este fue el periodo en el que vivió «la Malograda», conocida por este apodo por su prematura muerte cuando aún era muy joven, aunque otros biógrafos cuentan que murió con mas edad. Sin embargo esta leyenda urbana inspiró a Gustavo Adolfo Bécquer para escribir su Rima LXXVI:
De aquella muda y pálida mujer me acuerdo y digo:
¡Oh qué amor tan callado el de la muerte!
¡Qué sueño el del sepulcro, tan tranquilo!
Fue María una dama de alta cuna con varios títulos nobiliarios como los de señora de Escamilla y de Santa Olalla, hija de Íñigo López de Orozco y de Marina García de Meneses, tuvo tres maridos y de los tres enviudó y de ella descienden grandes personajes de la historia de España, tales como el cardenal Mendoza que era su nieto.
Contrajo primeras nupcias en 1374 con Martín Fernández de Guzmán (conde de Orgaz), quien le entregó como dote 20000 doblas castellanas de oro, tuvieron un hijo llamado Alvar Pérez de Guzmán que se convirtió en el heredero de los títulos. Muerto Martín Fernández, contrajo María un segundo matrimonio con Juan Rodríguez de Castañeda, que era viudo de Juana de Guzmán; era hija de este enlace Elvira de Castañeda que fue señora de Fuensalida por haber casado con don Pedro López de Ayala, personajes estos últimos que inspiraron a Bécquer para escribir su leyenda El Beso. Al morir su segundo marido Juan Rodríguez, María casó por tercera vez con Lorenzo Suárez de Figueroa, señor de Feria en Badajoz con quien tuvo tres hijos.
María de Orozco residió en Toledo en las casas pertenecientes a Suero-Téllez de Meneses y a María Meléndez que eran familia de su bisabuela materna que habían fundado a sus expensas el convento de Santa Clara la Real de Toledo el cual junto con otros antiguos monasterios como el de Santo Domingo el Real y el de las Capuchinas de Toledo, conforman en la actualidad la zona conocida como «conventual» o de los cobertizos.
Cuando murió María de Orozco, sus bienes y posesiones, se repartieron entre sus siete hijos, fruto de los tres matrimonios. Este reparto se hizo en Illescas el año 1399. Fue enterrada en la capilla del Hospital de Santiago de Toledo puesto que su último marido era maestre de la Orden; desaparecido este Hospital, sus restos se trasladaron a la capilla de Santiago del convento de San Pedro Mártir. Sin embargo Lorenzo Suárez de Figueroa decidió enterrarse en el monasterio de Santiago de la Espada que había sido fundado por él, pero al desaparecer dicho monasterio sus restos fueron trasladados a la capilla de la Universidad de Sevilla.Tras la desamortización de Mendizábal muchos conventos e instituciones desparecieron y San Pedro Mártir fue convertido de Museo Provincial y aquí fueron trasladados sepulcros de importantes personajes, entre ellos el de «la Malograda», sin embargo la idea de convertirlo en un panteón de «personajes ilustres» no cuajó, si bien aquí están enterrados Garcilaso de la Vega y su hijo Iñigo, don Pedro López de Ayala y doña Elvira de Castañeda -antes mencionados- y don Lope Gaitán y su esposa doña Guiomar de Meneses, fundadores del convento agustino de las ‘Gaitanas’, entre otros.
Al ser esposa de tres maridos y madre de siete hijos, María de Orozco «la Malograda» fue progenitora de muchos personajes, algunos muy principales como dije antes. Es imposible nombrarlos a todos, pero he querido dedicarle un capítulo aparte por haber vivido en Toledo y por estar relacionada con muchos ascendientes y descendientes que al ir emparentando con otras personalidades hicieron que esta señora no pueda ser obviada en la historia de nuestra ciudad.

Las Casas Encantadas de Toledo



Casa Encantada en Toledo

Son varias las casas de Toledo cuyos misteriosos sótanos están envueltos en el halo del maleficio. En unas se esconden tesoros y riquezas fabulosos; en otras, como la casa de las Cadenas, un judío forja de noche las cadenas que los árabes utilizan en el sur para los cristianos que luchan por la reconquista…Pero había dos casas especialmente tétricas y misteriosas, cercanas entre sí: la casa de los Templarios, que en el siglo XIII ocupaba toda la manzana a la izquierda de la iglesia de San Miguel, con la calle de la Soledad y la plazuela del Seco; los extraños monjes guerreros que habían defendido los santos lugares. después degeneraron en una secta hermética que practicaba cultos y ritos diabólicos.Y un poco más allá, en la angosta calle de las Ánimas, la casa del Duende. El caserón sombrío sólo era habitado por una vieja bruja y un judío que, al caer la noche, acogían a los más extraños personajes para celebrar infernales orgías.Ataúdes eran las mesas, sostenidas por tibias humanas, y las calaveras base de amarillentos cirios alumbrando escenas de lujuria y maleficio… Hasta que un día grandes llamaradas hicieron presa en el Actualmente, es común escuchar historias de casas encantadas en el casco antiguo de Toledo, y no sólo casas, sino en el Alcázar, en la Catedral, o en algún que otro convento. Muy conocido fue hace algunos años la historia narrada por sus propios inquilinos de una casa con “extraños visitantes” que perturbaban sus noches y hacían toda clase de fechorías…serón y ningún vecino se atrevió a atajar el fuego, considerando aquello como justo castigo del Cielo…

19 jun. 2018

La Cueva de Hércules en Toledo


Además de la tradición hermética de Hércules y los tesoros escondidos leer: El Palacio Encantado de Toledo, esta cueva posee vinculada a ella otra tradición importante, referida al último rey godo, don Rodrigo, y la caída de España en manos árabes La Cava. Estas cuevas eran el recinto misterioso cuyo ingreso estaba prohibido a los mortales y cuyo desvelamiento acarrearía grandes males. El rey don Rodrigo se atreve a entrar y con ello arrastra a la ruina a su país, que se verá invadido por los árabes. Esta tradición la recoge un personaje tan pintoresco y ajeno a Toledo como es el Marqués de Sade. En sus Crímenes del Amor recoge un cuento alegórico que titula “Rodrigo o la torre encantada”, en la que el divino marqués da su versión libre y fantaseada, pero bellísima: "Mientras el peligro aumenta, el desgraciado monarca está en vísperas de ser echado del trono; se acuerda entonces de un monumento antiguo que hay por los alrededores de Toledo, el que llaman la Torre Encantada; la opinión vulgar cree que está llena de tesoros; el príncipe corre a ella con el propósito de aprehenderlos; pero no es posible entrar en el tenebroso reducto. Una puerta de hierro provista de mil cerraduras le impide tan bien el paso, que ningún mortal ha podido todavía penetrar en ella. En lo alto de esta puerta terrible se lee en caracteres griegos: No te acerques si temes a la muerte. Rodrigo no se asusta por esto: se trata de sus Estados, toda esperanza de encontrar fondos está perdida absolutamente: manda romper las puertas y sigue adelante. El Rey, tras cruzar varias salas con las más horrendas y dantescas visiones, penetrará en los mismísimos infiernos, donde habrá de seguir su búsqueda por lagos inflamados y ríos de fuego, volcanes sangrientos, llanuras gélidas pobladas de gigantes…, hasta obtener por fin el tesoro apetecido. Pero los árabes ya están invadiendo todo su reino y un guerrero lo abate, que resulta ser Florinda la Cava


. Tan fuerte era la creencia, al acabar la Edad Media, en las cosas infernales que sucedían en los subterráneos toledanos y los monstruos que los habitaban, que el cardenal Silíceo mandó practicar un reconocimiento en las Cuevas de Hércules en 1546. Los exploradores se internaron con antorchas en los subterráneos de San Ginés; pero aparecieron demacrados y contando tan terribles historias que la extraña cueva se tapió; este suceso fue registrado en los anales toledanos. Hasta 1839 no se intentó otro reconocimiento de la cueva, a raíz de la demolición de la iglesia de San Ginés. El vizconde de Palazuelos dice en su “Guía”, escrita en 1890:«Una vez en el solar, vimos en el suelo, a la izquierda, un cuadrado boquete, ingreso de la cueva, recinto casi lleno actualmente de escombros que no impiden, sin embargo la entrada, ni hacerse cargo de lo que queda descrito. Formada por bóvedas de piedras paralelas y, semicirculares de indudable fabricación romana, unidas por arcos prácticamente cerrados. En los extremos de la estancia hay ciertos boquetes o puertas tapiadas que, sin duda, comunican con alguna bóveda inmediata. "En la actualidad, se puede descender a esta cueva gracias a la labor realizada por el equipo de Arqueólogos del Consorcio Ciudad de Toledo y el Ayuntamiento. Allí podrá observar los intentos de perforación que durante estas “visitas” se hicieron para descubrir hasta dónde llegaba la supuesta cueva. En enero de 2010 la cueva ha sido reabierta, con una nueva restauración para el disfrute de toledanos y turistas.

El Diablo Confesor





El Diablo no sólo forma parte del callejero Toledano. También la catedral aloja entre sus góticos muros una de las leyendas más infernales de la ciudad; un tema recurrente en las leyendas toledanas que ahora traemos a estas páginas con El Diablo Confesor.Era el noble Don Ángel de Arellano uno de los más conocidos y respetados de la ciudad de Toledo. Vivía con su hijo Gonzalo en un pequeño palacio en el callejón de San Pedro, en el corazón de la ciudad y no muy lejos de la Catedral. Muchos respetaban a Don Ángel por su bondad y sabiduría, y el noble perdía gran parte de su tiempo en ayudar a todo aquél que podía.Creía que con sus buenas acciones podría enterrar la mala fama que su hijo tenía en la ciudad, pues el joven, a sus pocos años ya era un ejemplo de mezquindad, maldad y todos los peores adjetivos que un noble no debería acompañar a su apellido. No había pelea en Zoco Dover en la que no se viera comprometido el honor de los Arellano, moza que no viera mancillado su honor ante la sucia verborrea del joven, apuesta económica de la que el bolsillo de Don Ángel no se repercutiera o embuste que procediera de la boca de Gonzalo. Todo lo malo que el padre había evitado durante su ya larga vida formaba parte de lo cotidiano en Don Gonzalo.Transcurrido el tiempo y cuando la paciencia del padre llegaba a su fin dio la casualidad que Gonzalo se enamoró de una bella moza, hija de un pobre pescador del Tajo. Sagrario era su nombre y su belleza sedujo el duro corazón del joven. La sencillez de la joven no sólo ablandó el corazón de Gonzalo, sino que también provocó un cambio radical en la personalidad del joven, hasta el punto de convertirse en poco tiempo en uno de los hombres más pacífico y honrado de la ciudad. Los conocidos y el propio padre no daban crédito al cambio, tan sólo explicable por la intervención divina o de algún santo que hubiera intercedido por él.Pero el dolor llegó en forma de habladurías a la casa de Don Ángel, pues al poco descubrió que la moza que pretendía su hijo era de las más pobres de la ciudad, y esta baja condición supuso un importante impedimento para que autorizara el matrimonio de su hijo. Esto provocó no pocas discusiones entre padre e hijo, tan duras que algunos vecinos oían gritos en mitad de la noche, durante el día, e incluso afirmaban haber oído en alguna ocasión el frío sonido del acero toledano saliendo de sus vainas…Un jueves santo, tras una agria discusión por el amor de la joven, Don Ángel se dirigió a la Catedral, buscando consuelo y confesar sus pecados, pero entrando en la Primada y viendo el gran número de personas que aguardaban narrar al sacerdote sus pecados, por ser día de fiesta, se desesperó, y estando decidido a abandonar el templo observó un viejo y desvencijado confesionario solitario, junto a la Puerta del Perdón, más parecido a un armario de vieja factura, al que decidió acercarse, arrodillarse y comenzar el relato de los hechos que hasta apoco después le vieron abandonar el confesionario con el semblante bañado en lágrimas, dando aspecto de estar aterrorizado y como si al mismísimo diablo hubiera visto en aquel lugar. Algunos se aproximaron al confesionario, animados también por la poca afluencia de gente al mismo y no encontraron en él a sacerdote alguno, pensando que Don Ángel se había vuelto completamente loco.La sangre caía a borbotones del cuerpo tendido en el suelo. Era la sangre de Gonzalo de Arellano, muerto acuchillado por la espalda con la daga propiedad de su propio padre. Don Ángel se entregó confesando ser el autor de los hechos y así lo confesó:Conté al sacerdote, en la Catedral, cómo Gonzalo pretendía a una joven hija de un pescador, y esto nos había llevado a sucumbir en el insulto y a punto había estado de provocar un daño mayor si no hubiese salido de casa camino de la confesión. La voz que había en el confesionario, profunda, convincente, me avisó de las pocas posibilidades de recuperar a mi hijo, y que éste caería para siempre en desgracia al casar con esa mujer. La muerte era la única solución a tamaño despropósito, pues es preferible antes de la deshonra… Su voz, era tan convincente que el enorme sacrificio no suponía problema alguno, sino un alivio para mi corazón, y aún a sabiendas de lo duro de la decisión, seguí el consejo dado por el sacerdote y partí de la Catedral hacia el fatal destino para mi hijo, buscando la salvación de su alma.El Cabildo confirmó que aquella mañana ningún sacerdote había confesado junto a la Puerta del Perdón. Los alguaciles encontraron a los testigos que vieron salir a Don Ángel y que confirmaron que ninguna persona había estado en el viejo confesionario. En lo que sí coincidieron todos por separado fue en el intenso olor a azufre que se desprendía del interior del confesionario…Poco después, en Toledo corrió la noticia de que el mismo Satanás, vestido de sacerdote, había tomado confesión y convencido a Don Ángel de Arellano para asesinar a su hijo, buscando acabar con su bondad y el nuevo amor que había surgido, y de paso condenando el alma del padre para toda la eternidad.La Catedral quitó el confesionario en el que supuestamente había tomado confesión el Diablo, y muchos toledanos tardaron en volver a la Catedral a confesar sus pecados… Cuenta la leyenda que desde entonces, nadie toma confesión cerca de la Puerta del Perdón,allí le habían llevado.



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