miércoles, 18 de marzo de 2015

El Pozo nuestro barrio 1 parte

Las primeras referencias a la creación del barrio del Pozo del Tío Raimundo hablan de un asturiano que en 1924 se instaló en la zona con su ganado. Tiempo después, en la post-guerra española, vecinos del pueblo jienense de Martos se establecieron de forma permanente en lo que todavía, como recuerda Miguel Ángel Pascual, era un océano de barro. Fue por esta época que un vecino, el Tío Raimundo, construyó un pozo de agua, acontecimiento que sirvió para dar nombre a una nueva barriada madrileña.
Como en otros barrios periféricos de Madrid, el desarrollo del Pozo del Tío Raimundo tuvo que ver con la emigración que se produjo a las grandes ciudades en la España de los años 50 y 60. Manchegos, extremeños y andaluces sobre todo llegaron a la zona sur-este de Madrid buscando trabajo. Dado que venían casi con lo puesto, los emigrantes algunos dedicados a la construcción levantaron habitaciones por las noches para evitar la ilegalidad que suponía hacerlo durante el día. Aunque en este tema, según cuenta Miguel Ángel Pascual, destacado vecino del Pozo, hay mucho mito.
De cualquier manera, estas chabolas de barro, ladrillos, madera, chapa y uralita, crecieron como «flores de luna»
 y poco a poco dieron cobijo a una pequeña comunidad de obreros y obreras, lo que desembocó en la creación de un nuevo barrio vallecano, con Entrevías al oeste, Palomeras al norte y campo, mucho campo al sur y al este.
Esta forma de desarrollo, dura para sus habitantes, consiguió crear un sentido de comunidad y solidaridad en la zona que motivó la transformación de un lugar chabolista en un barrio digno y organizado. También, durante los años 50 y 60, el Pozo del Tío Raimundo se convirtió en sede para el movimiento español de izquierdas perseguido por el régimen de Franco.
La lucha vital de los habitantes del Pozo y sus reivindicaciones de clase tendrían una fuerte influencia en un padre jesuita, miembro de la Falange y muy allegado al dictador Franco, que se propuso -y le propusieron- evangelizar el barrio. Con el paso de los años, la conversión espiritual fue en parte a la inversa, siendo el Pozo del Tío Raimundo quien realmente ejerció una notable influencia en el Padre Llanos y otros religiosos que le acompañaron en aquella aventura.
El Padre Llanos
Fuente de Agua en el Pozo · años 60.
La vida y obra del Padre Llanos es, cuanto menos, controvertida. Tras la guerra civil española, en los años más duros, el franquismo se imponía de forma brutal para eliminar cualquier rastro de la España de izquierdas, librepensante o ilustrada. Entre los defensores y guardianes del paradigma nacional-católico se encontraba el Padre Llanos; su pertenencia a Falange Española y su cercanía al dictador así lo atesoraban. El hecho de que este jesuita proviniera de la élite espiritual del régimen, además de su inicial actitud autoritaria para poner orden en el barrio, según cuentan los vecinos mayores del barrio y relatos personales de personas que compartieron vivencias con el Padre Llanos en el Común de Trabajadores, no provocó que los vecinos del Pozo recibieran al jesuita con «hojas de palmera» ni «Hosanas» cuando el 24 de septiembre de 1955 -según unas fuentes- o la Nochebuena de ese mismo año -según otras-, el Padre Llanos -que tampoco llegó en borrico-, junto con otros 3 seminaristas, Pedro Borrejón, Fernando Elena y Pepe Jiménez de Parga, además Pepe Buzcareta, un recogido como el propio Llanos le llama, se establecieron en el barrio. También, como Llanos recuerda en su libro Disculpad si os he molestado, no lo hicieron de forma exitosa, pues él mismo pidió al arquitecto Laorga la construcción de un chabola en unos terrenos del Párroco de Vallecas. Esto provocó una inicial y comprensible desconfianza entre los vecinos, los cuales vivían en chabolas de verdad.
La misión del Padre Llanos, como la de otros sacerdotes de base, no era otra que la de llevar la actividad de apostolado a los barrios de la periferia donde el movimiento obrero se estaba organizando con el apoyo del Partido Comunista de España en la clandestinidad. El régimen de Franco y la Iglesia Católica no deseaban que en los barrios proletarios se extendieran el ateísmo y el sentimiento anti clerical y aprovechó iniciativas como la del Padre Llanos para evangelizar estos barrios o, al menos, no perder fieles por la influencia de la izquierda. Hay que considerar que los vecinos y vecinas de los barrios obreros de Madrid, componían la clase más baja de la sociedad y muchos de ellos habían tenido o seguían teniendo vinculación con la izquierda que perdió la guerra y que ahora se veía sometida por el régimen de Franco. Sin duda, un cura falangista no era alguien en quien se pudiera confiar a primera vista. El mismo Padre Llanos recuerda la desconfianza de los vecinos: «Me dolía oír a la gente decir que yo no era como ellos. Sin embargo, como primer punto a favor de este religioso, su estrategia no fue la de enfrentarse a los vecinos o delatar a los grupos de izquierda clandestinos sino la de confiar en ellos y acercar posiciones entre paradigmas vitales tan opuestos.
En los primeros años, el Padre Llanos se rodeó de personalidades importantes como el arquitecto Francisco Javier Sáenz de Oiza, que diseño la iglesia del vecino barrio de Entrevías, el afamado teólogo jesuita José María Díez-Alegría, precursor, entre otros, de la Teología de la Liberación y otras personalidades importantes dentro del mundo intelectual. No obstante, la labor del religioso no fue solo de apoyo y promoción religiosa, también ayudó y se dejó influenciar por el movimiento vecinal incipiente de los años 60, colaborando en la constitución de las primeras Asociaciones de Vecinos y apoyando a personas como Marcelino Camacho y la constitución del sindicato, por aquel entonces clandestino, Comisiones Obreras. Organizaciones éstas que jugarían un papel fundamental en la consecución de la Democracia en España.
Así, el contacto continuo y la implicación en el desarrollo del Barrio del Pozo comenzaron a hacer mella en la moral e ideología del Padre Llanos, pasando de redentor a redimido o al menos, un poco de ambos Llanos llegó al Pozo en 1955 para redimir a los trabajadores. Pero fueron los trabajadores los que le redimieron a él, recuerda Pascual Molinillo, vecino del Pozo del Tío Raimundo.
Pese a todo, el Padre Llanos nunca dejó de ser religioso, por lo que también hay que pensar que gran parte de sus pretensiones iniciales de evangelizar a las gentes del barrio se vieron cumplidas, aunque al final de sus días, el propio religioso confesara lo contrario.
En poco tiempo, el religioso se convirtió en uno más de los líderes sociales de la lucha obrera española alejándose cada vez más de las rígidas estructuras franquistas y cimentando su mito. Esta transición, que le llevó a militar en Comisiones Obreras y el Partido Comunista de España, tenía algo que ver con una nueva corriente mundial dentro del seno de la Iglesia Católica que se derivó de las propuestas del Concilio Vaticano II y que provocó un movimiento conocido como la teología de la liberación, los diálogos cristo marxistas o, en el caso del Padre Llanos, la de los curas obreros. Esta dialéctica entre espiritualidad contra ateísmo y laicidad, encontró una síntesis en la lucha por los desfavorecidos donde la izquierda clásica estrechó la mano al cristianismo de las posiciones de los teólogos de la liberación.
Así, mientras se ganaba el respecto y la confianza de las clases obreras y los movimientos de izquierda, perdía ambos de algunos antiguos camaradas falangistas y hermanos de fe. Muchos defensores del Nacional Catolicismo no dieron crédito a la deriva de este jesuita que ahora se mezclaba y con afán de pertenencia con aquellos que atacaban a la iglesia e ignoraba a los que siempre le prestaron protección, incluso dando plantón al mismísimo Franco. Estos aprecios y desprecios seguro que también sembraron algo de duda en el jesuita que finalmente, pese a todo, optó por la síntesis dialéctica de izquierda y cristianismo que él y otro muchos religiosos cristianos escogieron como modo de vida.
El 10 de febrero de 1992 fallecía el jesuita José María de Llanos. Tras su muerte, Francisco Umbral escribió de él:
A los picados les daba Nescafé con galletas María, de comunión, y a sus amigos nos daba conversación y nos echaba música de Vivaldi. Era el hombre mas bueno que uno haya conocido jamás. Lucía un reloj de pulsera que le trajo La Pasionaria de Moscú, un reloj verde como una rana y pesado como un tanque en la muñeca. A mi nunca me hizo proselitismo, no quería convertir a nadie. Andaba mucho, como todos los viejos que no pueden andar. Íbamos a dar vueltas por la Plaza Mayor, buscando él ese solecillo que es ya el ciclo municipal de los viejos. Es el único santo con boina de todo el santoral y por eso no subirá al cielo.
















 

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